Pane, ciéncia e fantasía
Pane, ciencia e fantasia


E
l valor de las pequeñas cosas

Marzo 2010/Pablo se desesperaba al teléfono, pasando de un operador automático a otro, gritando alternativamente “SÍ, NO, OTRO” e intentando que alguien en la maldita compañía de seguros del hogar le atendiese. Pero claro, en mitad de Semana Santa no era tarea sencilla dar con una persona en el call center. Mientras lidiaba con los adelantos de la tecnología en el área de los servicios de atención al cliente, trataba de contener la inundación al territorio de la cocina fregona en mano, aunque los primeros daños en el parqué del pasillo, recién estrenado aquel invierno, eran ya evidentes.

Su mujer hacía media hora que no le dirigía la palabra, y le observaba ceñuda apoyada en la ventana, fumando compulsivamente un cigarrillo tras otro. Por la gravedad del enojo que reflejaba su expresión, Pablo se imaginaba a sí mismo levantándose cada día en el sofá del cuarto de estar hasta la llegada del verano, al menos. Por si fuera poco, había vuelto a fallar en una de las áreas de la convivencia convencionalmente asignadas al rol masculino, por lo que en su cabeza comenzaba a cuestionarse no su virilidad (eso estaba al menos fuera de toda duda), pero lo que no quedaba tan claro es si podía algún día llegar a ser el marido perfecto.

El suelo de la cocina estaba cubierto por un dedo y medio de agua, y la única buena noticia era que al menos ya había dejado de manar agua del lavavajillas. En la mesa, la culpable de todo reposaba como si la cosa no fuera con ella; y aunque por supuesto no había dicho ni una palabra, su diminuta presencia resultaba por si misma acusadora y, en cierto modo, incluso burlona.

Todo había comenzado aquella mañana de vacaciones, cuando ella le había comentado que tendrían que llamar al técnico del lavavajillas porque hacía un ruido raro. En ése momento se debió activar el gen masculino responsable del comportamiento “eso lo arreglo yo en un  periquete”, y apareció en la cocina con su enorme caja de herramientas dispuesto a solucionar el problema. Se sumergió por veinte minutos en las tripas del electrodoméstico y al acabar de revisar todo, apretar todo lo que estaba un poco suelto, revisar todos los manguitos y conducciones, dio por concluida la reparación. Se dirigió orgulloso a su mujer, que le miraba desconfiada, y le comunicó que el lavavajillas estaba listo para ser usado. Su mujer, como única respuesta, le señaló un baldosín en el suelo, en una de cuyas esquinas brillaba una pequeña tuerca...

Tras otra media hora con la cabeza dentro del lavavajillas tratando de encontrar el tornillo huérfano, se dio por vencido y se guardó la tuerca disimuladamente en el bolsillo, diciéndose a sí mismo: “es tan pequeña que no debe tener demasiada importancia...”

Los ecosistemas son complejas redes de interacciones en los que cada elemento, cada especie, tiene un papel predeterminado que a menudo es difícil de juzgar, pero que en muchas ocasiones no está relacionado con el tamaño, puesto que son muchos de los pequeños organismos los que se encargan, por ejemplo, de degradar la materia orgánica. La desaparición de una especie siempre tiene consecuencias, y en ocasiones desencadena grandes cambios en el funcionamiento del ecosistema. Es por ello que preservar la biodiversidad es, junto con la lucha contra el cambio climático, uno de los mayores retos de las sociedades en estos primeros años del Siglo XXI.
2010, Año de la Biodiversidad.

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